martes, 13 de septiembre de 2011

Animal.

Se puso su traje con nerviosismo, era la primera vez que lo usaba. Las medias, la camisa, el chaleco,  la chaquetilla... y conluyó con esa estúpida montera; lo hizo con calma, sin olvidar ni tan siquiera un solo paso. Sabía que iba a ser un día muy importante para él, era el primer gran paso para poder llegar a convertirse en torero.
En realidad a él no le hacia especial ilusión la idea, pero se dejó llevar por los gustos y tradiciones de su familia y del pueblo donde residía, pues sino sería una deshonra. Su abuelo habia tenido un matadero, de modo que el muchacho estaba más que acostumrbado a ver morir a esos animales; su padre era torero y su hermano mayor era conocido por sus gestas en el torneo del Toro de la Vega. El joven chico no podía, ni debía, ser menos.
Cogió su capote y se lanzó al ruedo. Un gran barullo inundó la gran plaza de toros, los aplausos y silbidos bañaron el ambiente. Él, abrió los ojos con asombro y disfrutó de su gran momento de gloria. Había pasado muchos años practicando y al fin estaba ahí, frente a toda esa gente que espera ver un gran espectáculo. Apenas fue consciente de los altavoces que sonaban tras su espalda, ya habían pasado las presentaciones y era el momento de conocer a su gran rival.
Se abrieron las puertas y ahí estaba.  Sus cuatro patas robustas denotaban fortaleza, tenía dos grandes cuernos puntiagudos como lanzas, y una miraba que inspiraba furia, dolor y rabía. El toro comenzó a bramar y salío con fuerza directo hacia el chico.
Una banderilla, dos banderillas, tres banderillas...
Aquella enorme bestia no paraba de sangrar, su cuerpo se habia debilitado, su mirada era triste, su gesto casi abatido.
El chico paró un instante y miró al pobre animal, su corazón se estremeció y sintió verdadera lástima. Como había sido capaz de hacerle algo así? Él había podido escoger si enfrentarse o no, pero... y el toro? Aquel animal sin quererlo se había visto metido en todo aquel jaleo, sin culpa alguna, solo por el capricho humano.
El joven volvió su cabeza y miró al público tratando de encontrar el gesto cómplice de su madre. Al verla, el muchacho se sintió aliviado. Ella endureció su rostro y con ímpetu hizo un gesto con el brazo a la vez que gritaba: Cariño, ¡mátalo!.   El joven tragó saliva, se giró y...
Una cornada, dos cornadas, tres cornadas...
Aquel pequeño chico no paraba de sangrar, su cuerpo se habia debilitado, su mirada era vacia, su gesto? Abatido por completo, muerto.
EL TORO HABÍA GANADO, Y EL ANIMAL PERDIDO SU BATALLA.

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